
Mi médico me dijo: «baja el ritmo».
Mis manos tenían otros planes.
Nunca pensé en vender por internet. Durante 45 años, mi pequeño taller aquí en Toledo fue un secreto bien guardado: sin página web y sin redes sociales. Solo un banco de madera gastado, un tarro de hilo de cobre y vecinas que siempre volvían.
Mi nieta Lucía me sentó la primavera pasada y me dijo: «Abuela, ahí fuera hay gente que necesita lo que haces y ni siquiera sabe que existes». Y no le faltaba razón.
Cada pulsera y cada anillo que he hecho, lo hice porque alguien lo necesitaba. Una mujer a la que se le agarrotaban los dedos cada invierno. Una enfermera que juraba que el cobre era lo único que la sostenía en aquellos turnos interminables del hospital. Gente que lo había probado todo y solo quería algo que funcionara, sin receta médica.
«El cobre sobre la piel lleva miles de años ganándose la confianza de la gente. No lo aprendí en ninguna revista. Lo aprendí viendo a la gente llevar lo que yo hago».
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